Entonces les dijo: ¿De quién es esta imagen, y la inscripción? Le dijeron: De César. Y les dijo: Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios (Mateo 22:20-21).
El martes antes de la cruz, Jesús pasó gran parte del día en el templo, enseñando a las multitudes y enfrentando a los líderes religiosos que se oponían a Él. Aquellos dirigentes pensaban que podían ponerlo en aprietos con preguntas capciosas, que lo harían quedar mal ante el pueblo.
Algunos de ellos intentaron tenderle una trampa con una pregunta sobre el pago de impuestos. Frente a la multitud expectante, le plantearon si era lícito pagar tributo al César romano. Según ellos, si Jesús respondía que sí, el pueblo lo vería como un aliado de Roma, simpatizante del régimen opresor. Pero si decía que no, entonces podría meterse en problemas con las autoridades romanas.
Pero no lograron atraparlo. Jesús les pidió una moneda romana y, al tenerla en mano, les preguntó: “¿De quién es esta imagen, y la inscripción?”. Con esa simple pregunta, cargada de sabiduría, dejó claro que no solo no lo habían sorprendido, sino que Él tenía el control absoluto. Al mismo tiempo, expuso la hipocresía y la malicia de los fariseos.
Sosteniendo la moneda a la vista de todos, declaró: “Dad, pues, a César lo que es de César”. Qué respuesta tan sabia.
Con esas palabras, Jesús reconoció que el gobierno puede hacer demandas legítimas. Aunque toda nuestra vida le pertenece a Dios, también tenemos una responsabilidad civil: obedecer en los asuntos públicos y nacionales. Esto no significa que todo lo que un gobierno exija deba cumplirse, pero sí que, en lo esencial —como el pago de impuestos— debemos cumplir.
Jesús añadió: “y a Dios lo que es de Dios”. Cada persona lleva en sí la imagen de Dios. Eso significa que le pertenecemos a Él, no al Estado. Ni siquiera nos pertenecemos a nosotros mismos.
Hay límites, por tanto, a lo que un gobierno puede exigir. No todo le corresponde. Hay ámbitos —sagrados, intocables— que solo pertenecen a Dios. Su imagen, grabada en el alma humana, es un recordatorio constante de que, en lo más profundo, somos suyos y de nadie más.
Fallar en esto es pecado. No estamos exentos de responsabilidad hacia el gobierno bajo el cual vivimos. Somos llamados a ser ciudadanos honestos, responsables, que buscan sinceramente el bienestar de su comunidad.
Pero nuestra lealtad suprema es a Dios. No entregamos nuestra alma al Estado, sino únicamente al Dios vivo, tal como lo revela la Escritura. Y cuando el gobierno exige algo que solo pertenece a Dios, entonces obedecemos primero a Dios… y aceptamos las consecuencias.
1 Pedro 2:17 lo expresa con precisión: “Temed a Dios. Honrad al rey”. Cuando se entienden bien, estas dos órdenes no se contradicen: se complementan. Al Estado, lo que le corresponde. A Dios, lo que solo Él merece.
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