En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis. Y sabéis a dónde voy, y sabéis el camino (Juan 14:2-4).
Unas horas antes de ir a la cruz, Jesús pasó una última noche con sus discípulos. Entre las palabras de consuelo que les dirigió estuvo la promesa de que había un lugar para ellos con Él en el cielo, en la casa de su Padre.
Jesús habló del cielo con absoluta confianza. No se preguntaba qué había después de esta vida; lo sabía. Por eso les dijo a sus discípulos que en el cielo había lugar para todos (muchas moradas). Técnicamente, la expresión se refiere a “lugares donde habitar”. Sin embargo, algunas traducciones al inglés la expresan como “muchas mansiones”, y la idea no deja de ser apropiada. Sea cual sea la morada que Dios tenga preparada para nosotros en el cielo, será tan gloriosa como una mansión.
Habrá muchas de esas moradas. Jesús podía ver lo que los discípulos no alcanzaban a imaginar: millones y millones, incluso miles de millones de personas de toda tribu, lengua y nación en la casa de su Padre. Quizá hasta sonrió cuando habló de las muchas moradas. Sí, ¡muchísimas!
Jesús iba delante para prepararles un lugar, porque el amor se anticipa para dar la bienvenida. Con amor, unos padres que esperan un bebé preparan su habitación. Con amor, una anfitriona prepara todo para recibir a sus invitados. Jesús prepara un lugar para los suyos porque los ama y tiene la certeza de que llegarán.
Jesús tenía esa certeza porque sabía que volvería para recibirlos. Prometió venir otra vez por sus discípulos. No hablaba únicamente de su pronta resurrección ni de la venida del Espíritu Santo. También tenía en mente el gran encuentro de su pueblo al final de los tiempos.
Y lo mejor de todo es que estaremos con Jesús: para que donde yo estoy, vosotros también estéis. Lo que hace del cielo el cielo es nuestra unión con Jesús. El cielo no es cielo por sus calles de oro, ni por sus puertas de perla, ni siquiera por la presencia de los ángeles. El cielo es cielo porque Jesús está allí.
James Barrie, autor de Peter Pan y otras obras, escribió un libro sobre su madre, Margaret Ogilvy, y su infancia en Escocia. Su madre pasó por muchas aflicciones a lo largo de su vida, entre ellas la trágica muerte de uno de sus hijos. Barrie contó que el capítulo favorito de su madre en la Biblia era Juan 14. Lo leyó tantas veces que, cuando abría su Biblia y la dejaba abierta, las páginas caían naturalmente en ese capítulo. Barrie también contó que, cuando ella ya era anciana y no podía leer esas palabras, se inclinaba sobre su Biblia y besaba la página donde se encontraba Juan 14.
Si estas promesas son dignas de nuestro amor y nuestra devoción, ¡cuánto más el Salvador que las hizo y las cumple!
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