Y muchos le reprendían para que callase, pero él clamaba mucho más: ¡Hijo de David, ten misericordia de mí! Entonces Jesús, deteniéndose, mandó llamarle; y llamaron al ciego, diciéndole: Ten confianza; levántate, te llama (Marcos 10:48-49).
En su camino de Galilea a Jerusalén, Jesús pasó por Jericó. Sabía que, al llegar allá, sería arrestado, golpeado, burlado, enjuiciado, condenado y crucificado. Y en ese trayecto se encontró con un hombre extraordinario llamado Bartimeo.
Bartimeo era un mendigo ciego que vivía en Jericó. No podía ver a la gran multitud que rodeaba a Jesús cuando el Salvador pasaba por la ciudad, pero sí escuchaba el bullicio. También sabía que Jesús era el Mesías y que ya había sanado a muchos. Por eso, al oír que Jesús estaba cerca, empezó a gritar: “¡Hijo de David, ten misericordia de mí!”.
A los que estaban alrededor no les gustó. Pensaban que Bartimeo estaba siendo grosero y escandaloso, así que le dijeron que se callase e incluso lo amenazaron si no se callaba.
Pero nada de eso lo detuvo, ni siquiera lo hizo bajar la voz. Al contrario, clamaba con más fuerza: “¡Hijo de David, ten misericordia de mí!”. Quizá no tenía mucho tacto, pero sí una gran persistencia y determinación. Muchos intentaron hacerlo callar, pero no pudieron, porque él anhelaba de verdad ser tocado por Jesús.
La oración insistente y apasionada de Bartimeo es un buen ejemplo de cómo orar. No se desanimó porque nadie lo llevó ante Jesús, y tampoco se dejó vencer por quienes le decían que se apartara.
Sabía lo que necesitaba de Jesús: misericordia. No se presentó pensando que Dios le debía algo. Lo único que buscaba era misericordia.
Jesús se impresionó con aquel hombre que no dejaba de clamarle. Lo mandó llamar, y los versículos siguientes dicen que le preguntó: “¿Qué quieres que te haga?” (10:51). La respuesta podía parecer obvia, pero Jesús quería que Bartimeo la dijera. El ciego respondió que deseaba recuperar la vista.
La claridad específica de su petición también es un buen ejemplo para nuestras oraciones. “Ten misericordia de mí” es una súplica amplia y general. Pero Bartimeo pasó de lo general a lo específico: pidió recuperar la vista.
Jesús lo sanó y le dijo: “Tu fe te ha salvado” (10:52). Podemos decir que la fe de este hombre ciego fue recompensada por la clase de fe que tenía:
– Una fe decidida a llegar hasta Jesús (él clamaba mucho más).
– Una fe que sabía quién era Jesús (Hijo de David).
– Una fe que se acercó con humildad (ten misericordia de mí).
– Una fe que pudo expresar claramente su deseo (que recobre la vista, 10:51).
Acércate a Jesús con esa misma fe: una fe imparable.
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