Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas (Mateo 18:35).
Justo antes de este versículo, Jesús contó una parábola que muestra la necesidad urgente de que sus discípulos perdonen a los demás, especialmente al considerar cuánto les ha perdonado Dios. Esa parábola, junto con su aplicación, termina con una seria advertencia contra la falta de perdón.
El principio es claro: Dios nos ha perdonado una deuda tan grande, que cualquier deuda que otros tengan con nosotros resulta insignificante en comparación. Nadie puede ofenderme tanto como yo he ofendido a Dios con mis pecados.
Jesús enseñó aquí un principio importante —y con frecuencia descuidado— sobre el perdón. Hay muchos cristianos sinceros que retienen el perdón por razones equivocadas, y se sienten completamente justificados al hacerlo.
Su razonamiento suele ser el siguiente: no debemos perdonar a alguien que peca contra nosotros a menos que se arrepienta adecuadamente. Argumentan que el arrepentimiento se menciona en el contexto del mandato de perdonar (como en Lucas 17:4), y que nuestro perdón hacia otros debe seguir el modelo del perdón de Dios hacia nosotros. Dado que Dios no nos perdona sin arrepentimiento, concluyen que tampoco debemos perdonar a otros a menos que se arrepientan. Incluso creen que tienen el deber de retener el perdón y evaluar el arrepentimiento ajeno, ya que, en teoría, eso sería lo mejor para la otra persona.
Aunque esta forma de pensar pueda parecer bien intencionada, es equivocada y, en última instancia, peligrosa. Esta parábola (Mateo 18:23–35) muestra por qué es incorrecto pensar: “Dios no me perdona sin arrepentimiento; por tanto, yo no debo perdonar a otros hasta que se arrepientan”. Esa lógica falla porque yo no estoy en el mismo lugar que Dios en esta ecuación, ni jamás lo estaré. Dios es el único que nunca ha necesitado ser perdonado; yo soy alguien que ha sido perdonado y que necesita seguir siéndolo constantemente.
Por tanto —si eso fuera posible—, deberíamos estar aún más dispuestos a perdonar que Dios mismo, sin poner como condición el arrepentimiento, porque somos pecadores perdonados que también deben perdonar. Nuestra obligación de perdonar es incluso mayor.
También es importante comprender que hay una diferencia entre perdón y reconciliación. Para que haya una reconciliación genuina, ambas partes deben estar dispuestas, y eso puede requerir arrepentimiento de una o de ambas. Pero el perdón, en cambio, puede ser unilateral.
Además, perdonar no significa necesariamente que una persona quede libre de las consecuencias legales o prácticas de su pecado. A nivel personal, el perdón es necesario; a nivel civil o social, puede ser justo que alguien reciba un castigo de parte de las autoridades (Romanos 13).
Sin embargo, el principio permanece firme: esta parábola fue dada para que seamos más dispuestos a perdonar, no menos. Nadie que lea esta historia con atención podría pensar que Jesús tenía la intención de restringir el perdón entre sus discípulos.
No ignores la urgencia del perdón verdadero.
Haz clic aquí para leer el comentario de David sobre Mateo 18