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De cierto, de cierto te digo: Cuando eras más joven, te ceñías, e ibas a donde querías; mas cuando ya seas viejo, extenderás tus manos, y te ceñirá otro, y te llevará a donde no quieras. Esto dijo, dando a entender con qué muerte había de glorificar a Dios. Y dicho esto, añadió: Sígueme. (Juan 21:18-19)
Jesús había sido crucificado, pero resucitó gloriosamente. Sin embargo, todavía tenía un asunto que tratar con Pedro, el discípulo que lo había negado.
Jesús le recordó a Pedro cómo había sido su vida de joven. En ese tiempo tenía menos responsabilidades y podía ir a donde quisiera. La mayoría sabemos cómo son esos años. Después le habló de lo que le esperaba: “cuando ya seas viejo, extenderás tus manos”. Llegaría el día en que otro lo ataría (“te ceñirá”) y lo llevaría a un lugar al que no querría ir. Moriría con los brazos extendidos sobre una cruz. Así, con su muerte había de glorificar a Dios.
Si asumimos que Pedro entendió lo que Jesús quiso decir, es fácil imaginar el impacto que aquellas palabras debieron tener en él. Jesús acababa de decirle que moriría en una cruz. Pero también había una promesa en ellas. Apenas unas semanas antes, Pedro había negado tres veces a Jesús para salvar su propia vida. Ahora Jesús le aseguraba que, cuando volviera a enfrentarse a esa prueba, permanecería fiel. Moriría siendo completamente fiel a su Mesías y Señor.
Según muchos escritores de la antigüedad, Pedro fue crucificado unos treinta y cuatro años después. Pidió que lo crucificaran cabeza abajo porque no se consideraba digno de morir de la misma manera que Jesús. Años antes había negado a su Señor por confiar demasiado en sí mismo. Jesús lo restauró, no haciéndolo perfecto, sino mucho más humilde. Tal como se lo había anunciado, Pedro permaneció fiel hasta la muerte y así glorificó a Dios.
Las últimas palabras que Jesús dirigió a Pedro en el Evangelio de Juan fueron sencillas: “Sígueme”. Años antes, esas mismas palabras habían cambiado el rumbo de su vida (Mateo 4:18-19). Ahora tenían un significado muy distinto. Pedro sabía que seguir a Jesús lo llevaría a la cruz. Sin embargo, el llamado seguía siendo el mismo: seguir a su Mesías, Maestro y Señor.
Según Merril Tenney, el mandato que Jesús le dio a Pedro (“Sígueme”) está expresado en presente imperativo y significa literalmente: “Continúa siguiéndome”.
Era como si Jesús le hubiera dicho a Pedro al restaurarlo: “Hace unos años te llamé a seguirme a la orilla de este mismo lago. En el camino has tenido aciertos y también fracasos. Ahora sigue siguiéndome y no dejes de hacerlo, aunque eso signifique dar la vida por mí”.
Eso mismo les dice Jesús a todos los que quieren ser sus discípulos: “Sígueme”. ¿Cómo responderás a su llamado?
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