Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá (Lucas 11:9-10).
En esta enseñanza sobre la oración, Jesús les dijo a sus discípulos que se acercaran a Dios con una intensidad creciente: primero pedir, luego buscar y, por último, llamar. Pedir es bueno, pero buscar implica una acción mayor. Buscar es bueno, pero llamar exige aún más intensidad. Con esto, Jesús enseñó a sus seguidores a orar con pasión, persistencia y confianza.
En esta triple descripción de la oración —pedir, buscar y llamar— vemos diferentes aspectos de la oración y de su recompensa.
– La oración se parece a pedir: presentamos nuestras peticiones delante de Dios, y todo el que pide, recibe. Recibir es la recompensa de pedir.
– La oración se parece a buscar: buscamos a Dios, su palabra y su voluntad: buscad, y hallaréis. Hallar es la recompensa de buscar.
– La oración se parece a llamar: persistimos hasta que la puerta se abre. Buscamos entrar al gran palacio celestial de nuestro Gran Rey. Entrar por la puerta abierta a su presencia es la recompensa de llamar… y es la mejor de todas.
La idea de llamar también implica que, a veces, sentimos resistencia. Si la puerta ya estuviera abierta, no tendríamos por qué llamar. Aun así, Jesús nos anima: “Cuando sientas que la puerta está cerrada y tengas que llamar, hazlo y sigue haciéndolo; recibirás respuesta”.
Esta imagen también nos recuerda que es una puerta que puede abrirse. No se nos pide subir por una ventana ni derribar un muro. Llamamos a una puerta porque está hecha para abrirse.
Nos acercamos a la puerta de Dios y lo único que debemos hacer es llamar. Si estuviera cerrada con llave, necesitaríamos herramientas para forzarla; pero no es así. Solo debemos llamar. Y aunque no tenga la habilidad de un experto… puedo llamar; para eso me basta lo que sé.
Cuando Jesús dijo: “Pedid, y se os dará”, Dios promete responder a quien lo busca con diligencia. Dios valora la persistencia y la pasión en la oración porque muestran que compartimos su corazón. Reflejan que nos importan las cosas que a Él le importan. La oración que persevera no vence una supuesta resistencia de Dios; más bien, le da gloria, expresa nuestra dependencia de Él y alinea nuestro corazón con el suyo.
Recordemos que la respuesta que Dios da a quien pide, busca y llama no siempre es “sí”. Pero incluso cuando su respuesta es “no” o “todavía no”, siguen siendo respuestas de un Dios amoroso, que busca nuestro mayor bien y cuya sabiduría sobrepasa por mucho la nuestra.
Haz clic aquí para ver el comentario de David sobre Lucas 11