El hombre que no recibió respuesta de Jesús

Herodes, viendo a Jesús, se alegró mucho, porque hacía tiempo que deseaba verle; porque había oído muchas cosas acerca de él, y esperaba verle hacer alguna señal.  Y le hacía muchas preguntas, pero él nada le respondió. (Lucas 23:8-9)

El proceso contra Jesús ante las autoridades romanas se desarrolló en tres momentos. Primero estuvo ante Pilato (Lucas 23:1–7); más tarde volvería a comparecer ante él (Lucas 23:13–25). Entre uno y otro, fue llevado ante Herodes.

Este Herodes —conocido como Herodes Antipas— era hijo de Herodes el Grande, quien gobernaba cuando Jesús nació. Los romanos solo le permitieron administrar la cuarta parte del territorio de su padre; por eso se le llamaba “tetrarca”, es decir, gobernante de una cuarta parte. Su jurisdicción incluía Galilea y, como Jesús era galileo, Pilato no dudó en enviarlo con él.

Entonces, cuando Herodes vio a Jesús, se alegró mucho, porque hacía tiempo que deseaba verle. Había oído bastante acerca de Él, pero su interés no era espiritual. Quería entretenerse. Nunca tomó a Jesús en serio.

Esperaba verle hacer alguna señal. Le prestó atención. Incluso se mostró entusiasmado. Quería escucharlo —pero en sus propios términos— y quería presenciar algo extraordinario. Sin embargo, su interés no era sincero. Y eso no es motivo de elogio; es precisamente lo que lo condena.

En algún momento, Herodes había mostrado cierto interés religioso. Escuchó a Juan el Bautista y oyó la palabra de Dios (Marcos 6:20), pero decidió seguir en su pecado. Se endureció contra Dios y contra su palabra, hasta que su conciencia dejó de responder.

Por eso ahora solo quería oír lo que le convenía. Le hizo muchas preguntas y esperaba un milagro. Hoy también hay quienes se acercan a Jesús de esa manera: quieren señales, quieren pruebas, quieren que Él actúe según sus condiciones. Es posible que Jesús los mire como miró a Herodes.

Herodes gobernaba Galilea, donde Jesús pasó la mayor parte de su ministerio. Tuvo incontables oportunidades de escucharlo. Jesús no enseñaba en secreto ni se escondía. Pero sabía a quién tenía delante: no era un buscador sincero. Por eso nada le respondió.

Herodes quizá pensaba: “Escuchemos algo del gran Maestro. Veamos algo impresionante del hacedor de milagros”. Pero Jesús conocía su corazón. Sabía que Herodes era un hombre miserable y superficial, por eso no tenía nada que decirle. El mismo hombre que mandó matar a Juan el Bautista ahora veía a Jesús como un espectáculo para su diversión. Y aun mientras otros lo acusaban, Jesús guardó silencio ante él.

Amigos, Jesús no vino para entretener. Seguir a Jesucristo es la mayor de las aventuras, pero Él no está para satisfacer nuestra curiosidad ni para responder a nuestras exigencias. La actitud de Herodes debe servir de advertencia. En lugar de exigir señales, corresponde honrarlo, confiar en Él y rendirle nuestro corazón

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Categories: Devocional Semanal
David Guzik:

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