El sermón mal recibido

Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira; y levantándose, le echaron fuera de la ciudad, y le llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba edificada la ciudad de ellos, para despeñarle. Mas él pasó por en medio de ellos, y se fue (Lucas 4:28-30).

A lo largo de los años, he predicado cientos de sermones en muchos lugares y circunstancias. Después de predicar, he recibido diversas reacciones. A veces la gente se muestra agradecida, otras veces indiferente y, en ocasiones, decepcionada.

En todos mis años predicando, nunca he tenido una congregación que intentara asesinarme después del sermón. Pero eso fue precisamente lo que le sucedió a Jesús cuando predicó en su ciudad natal, Nazaret.

Lucas 4 explica que, cuando Jesús fue a la sinagoga de Nazaret, leyó Isaías 61:1-2. Usó ese hermoso pasaje para explicar su ministerio; Él vino a anunciar el evangelio a los pobres, a sanar a los quebrantados de corazón, a pregonar libertad a los cautivos, a dar vista a los ciegos y a poner en libertad a los oprimidos. Jesús era el cumplimiento de Isaías 61:1-2, y así lo declaró.

Podría pensarse que esto alegraría y llenaría de orgullo a la gente de su ciudad natal, pero en lugar de alegrarse, se enojaron y exigieron que Jesús hiciera allí algunos de los milagros espectaculares que había hecho en otros lugares. Entonces, Jesús les recordó que Dios es libre de obrar cómo, dónde y con quién Él quiera.

Ante esto, los habitantes de Nazaret se llenaron de ira y le echaron fuera de la ciudad. Fue una reacción extrema a un sermón: no soportaron que Jesús les mostrara que algo andaba mal en ellos, que se negara a cumplir su petición de un milagro y que les recordara que Dios también podía mostrar su amor a los gentiles.

No solo lo expulsaron, sino que además intentaron matarlo arrojándolo al precipicio. Empujar a alguien desde una altura solía ser el primer paso en la práctica de la lapidación: una vez que la víctima caía, era apedreada hasta morir.

¿Cómo se libró Jesús de esto? Simplemente pasó por en medio de ellos y se fue. Ellos querían ver un milagro, y Jesús hizo uno inesperado justo delante de sus ojos: escapar milagrosamente. En esta ocasión, pudo haber retrocedido hacia el precipicio y ser rescatado por ángeles, como Satanás le sugirió en la tercera tentación (Lucas 4:9-13). Pero eligió un milagro más sencillo —si es que puede hablarse de sencillez en un milagro—.

Todo esto muestra que Jesús no buscaba agradar principalmente a su audiencia ni medía su éxito según la aprobación de la gente. Lucas, al narrar este episodio, marcó el tono de toda la historia de la vida de Jesús: Él vino sin pecado, hablando la verdad y haciendo el bien a todos… y, aun así, lo quisieron matar.

No rechaces a Jesús solo porque te diga cosas que preferirías no escuchar.

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Categories: Devocional Semanal
David Guzik:

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