Aconteció después, que Jesús iba por todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios, y los doce con él, y algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malos y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Chuza intendente de Herodes, y Susana, y otras muchas que le servían de sus bienes (Lucas 8:1-3)
Jesús siguió recorriendo todas las ciudades y aldeas de Galilea. Con Él iban los doce, hombres llamados especialmente para ser sus discípulos y, más adelante, apóstoles de la primera iglesia. En cada lugar, su predicación llevaba el evangelio. Anunciaba que el Mesías y Rey de Dios estaba entre ellos.
Lo más llamativo de estos tres versículos es la mención de algunas mujeres que seguían a Jesús. Lucas lo destacó porque era algo poco común. No era raro que un rabino tuviera un grupo de discípulos varones a quienes instruía, pero sí resultaba inusual que también lo acompañaran mujeres que aprendían y ayudaban. Jesús, en cambio, tenía una actitud muy distinta hacia las mujeres que los líderes religiosos y maestros de su tiempo. Ellos se negaban a enseñarles y las consideraban de menor valor para el reino de Dios.
Una de esas mujeres era María, que se llamaba Magdalena. Había estado poseída por siete demonios hasta que Jesús la liberó. Muchos suponen que también llevaba una vida inmoral, pero el texto bíblico no lo dice.
Otra era Juana, mujer de Chuza intendente de Herodes. Esto significa que su esposo ocupaba un puesto de confianza junto al gobernante. Juana era una mujer de posición. El comentarista William Barclay señaló que resultaba asombroso encontrar a María Magdalena (una mujer con un pasado difícil) y a Juana (una dama de alta posición) juntas con Jesús. De hecho, ambas fueron de las primeras testigos de su resurrección (Lucas 24:10).
Pero la lista de mujeres que ayudaban a Jesús no se limitaba a María y a Juana. Leemos de otras muchas que le servían de sus bienes. La frase le servían traduce la palabra griega diakonía, de la que proviene nuestro término moderno “diaconado”. Estas mujeres apoyaban y asistían a Jesús y a sus discípulos con sus propios recursos. Era un servicio bueno, generoso y útil al Salvador y a quienes trabajaban con Él.
Esto dice algo bueno de ellas, heroínas a menudo olvidadas en el ministerio de Jesús, especialmente de las que ni siquiera conocemos por nombre.
También revela algo sobre el corazón humilde de Jesús. Aunque no tenía por qué hacerlo, eligió depender de otros. Él pudo haber creado lo que necesitaran, pero prefirió aceptar su ayuda, incluso la de estas heroínas que pocos recuerdan.
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