Las dos blancas de la viuda

Levantando los ojos, vio a los ricos que echaban sus ofrendas en el arca de las ofrendas.  Vio también a una viuda muy pobre, que echaba allí dos blancas.  Y dijo: En verdad os digo, que esta viuda pobre echó más que todos. Porque todos aquellos echaron para las ofrendas de Dios de lo que les sobra; mas esta, de su pobreza echó todo el sustento que tenía. (Lucas 21:1-4)

En el templo, Jesús vio una larga fila de ricos que echaban grandes cantidades de dinero, algunos probablemente procurando llamar la atención sobre sus ofrendas. Vio también a una viuda muy pobre, que echaba allí dos blancas. Su pobreza era evidente en su aspecto y en su ropa, y debió de ser un alivio para Jesús verla, después de haber enfrentado la avalancha de preguntas de sus enemigos (Lucas 20).

Los ricos entregaban grandes ofrendas, pero la viuda pobre echó solo dos blancas. La palabra en el griego original que se traduce como blancas (leptón) significa literalmente “algo diminuto”. En realidad, dos blancas representaban apenas el 1 % de un denario —aproximadamente el salario de un día.

Sin embargo, dio dos blancas, no solo una. La viuda pudo haberse quedado con una moneda y nadie la habría culpado. Dar una habría significado entregar la mitad de todo su dinero. Pero dio con una generosidad extraordinaria, y Jesús lo destacó: esta viuda pobre echó más que todos. No dijo que hubiera dado más que alguno de ellos, sino más que todos juntos. Los otros dieron de lo que les sobraba; ella dio sacrificialmente, en medio de su pobreza.

El principio que Jesús enseña aquí es que, para Dios, el espíritu con que se da vale más que la cantidad. Dios no quiere dinero dado de mala gana ni por obligación. Dios ama al dador alegre.

La ofrenda de la viuda y el comentario de Jesús también nos muestran que el valor de una ofrenda se mide por lo que le cuesta a quien la da. Eso fue lo que hizo tan valiosa la ofrenda de la viuda. David se negó a ofrecer a Dios algo que no le costara nada (2 Samuel 24:24).

Este principio también nos recuerda que Dios no necesita nuestro dinero. Si lo necesitara, cuánto damos sería más importante que el corazón con que lo damos. Darle es un privilegio y lo hacemos porque es bueno para nosotros, no porque Dios lo necesite.

La viuda desafía la idea de que debemos dar solo cuando tengamos más. No tenía prácticamente nada y aun así era una mujer generosa. Esto significa que todos podemos agradar a Dios con nuestras ofrendas tanto como el hombre más rico con las suyas. Todo lo que damos a Dios con sacrificio, Él lo ve y se complace.

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Categories: Devocional Semanal
David Guzik:

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