Ríos de agua viva

En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva (Juan 7:37-38).

Esto describe lo que Jesús hizo en el último día de la fiesta de los Tabernáculos, que duraba ocho días. Durante los primeros siete, se llevaba agua del estanque de Siloé en una vasija de oro y se derramaba sobre el altar del templo, como recordatorio de cómo Dios había provisto milagrosamente agua para Israel cuando tuvo sed en el desierto. Al parecer, en el octavo día ya no se derramaba agua; solo se hacían oraciones por ella, como recordatorio de que el pueblo ya había entrado en la Tierra Prometida.

Juan recordó ese momento cuando Jesús se puso en pie y alzó la voz: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba”. La celebración de la fiesta de los Tabernáculos hacía énfasis en cómo Dios había provisto agua para Israel en el desierto, en su camino hacia Canaán. Jesús llamó con valentía a las personas a venir a Él para beber y saciar su sed más profunda: su sed espiritual.

La invitación era amplia, porque Jesús dijo: “si alguno”. La inteligencia, la raza, la clase social, la nacionalidad o la afiliación política no limitan esta invitación. Al mismo tiempo, también era específica, porque dice: “si alguno tiene sed”. Es necesario reconocer la propia necesidad. La sed, en sí misma, no es algo; es la falta de algo. Es un vacío, una necesidad que clama por ser satisfecha.

Hay debate entre los comentaristas sobre si Jesús dijo esto mientras se derramaba el agua, o si lo dijo el día en que ya no se derramó. Tal vez sea imposible saberlo con certeza, pero el énfasis de Juan en el último díaprobablemente indica que Jesús quería mostrar un contraste: “Ya no hay agua en el templo ni en los rituales que tanto valoramos. Yo tengo el agua que estás buscando”.

El que cree en mí” explica lo que Jesús quiso decir con la imagen de beber. Venir a Jesús y beber es, en esencia, poner la fe en Él: confiar en Él, depender de Él y aferrarse a Él, tanto para esta vida como para la eternidad.

Para quien cree en Él, Jesús ofrece un río constante de agua viva que brota desde lo más profundo de su ser. La fiesta de los Tabernáculos también apuntaba a las profecías que hablaban de agua que fluiría desde el trono y desde Jerusalén, donde el Mesías reinaría. En esencia, Jesús estaba diciendo: “Confía en mí con todo tu corazón, entrégame el trono de tu vida, y de ti brotarán vida y abundancia”.

Jesús no solo habló de algo que entra en la persona, sino también de algo que fluye desde ella. No se trata solo de recibir una bendición, sino de convertirse en una fuente de bendición para otros. En el versículo siguiente, Juan relaciona estos ríos de agua viva con la promesa del derramamiento del Espíritu Santo.

Recibe este fluir de agua viva, la obra del Espíritu de Dios. Es el regalo de Dios para todos los que creen.

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Categories: Devocional Semanal
David Guzik:

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