Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el profeta, cuando dijo:
Decid a la hija de Sion: He aquí, tu Rey viene a ti, Manso, y sentado sobre una asna, sobre un pollino, hijo de animal de carga (Mateo 21:4-5).

Durante la mayor parte de su ministerio, Jesús procuró enfriar las expectativas mesiánicas. Su obra seguía un calendario preciso, y no quería que las multitudes se convirtieran en una turba violenta que lo proclamara como Mesías y Rey antes de tiempo. Todo debía cumplirse conforme al plan determinado por Dios Padre.

Pero ese día —el que hoy conocemos como Domingo de Ramos o la Entrada Triunfal— Jesús aceptó y promovió la alabanza que lo reconocía como el Mesías y el Rey. Lo hizo de manera pública, intencional y en el preciso momento en que miles de peregrinos llegaban a Jerusalén para la Pascua.

Es significativo observar cómo entró Jesús en Jerusalén aquel día.

Jesús entró en Jerusalén de manera intencional. Planeó cuidadosamente su entrada y llevó a cabo el plan con determinación. Ese día, ya no pidió a la gente que guardara silencio sobre quién era ni sobre lo que haría. Organizó un gran acontecimiento, de forma deliberada.

Jesús también se presenta a nosotros de manera intencional: en momentos especiales, en ciertas temporadas, con propósitos bien definidos. En un sentido, está con nosotros en todo momento —y por supuesto que lo está—, pero hay ocasiones en que, con especial cuidado, nos dice: “Aquí estoy; reconóceme en este tiempo y lugar”.

Jesús entró en Jerusalén de una manera inusual. Muchos quizás esperaban que lo hiciera en secreto, pues era un hombre buscado y corría un gran peligro; sin embargo, se presentó en público. Tal vez pensaban que llegaría caminando, como solía hacerlo, pero eligió montar un burro joven. Algunos esperaban verlo sobre un caballo de guerra, pues anhelaban a un Mesías que conquistara a los romanos.

A veces nuestras expectativas son tan rígidas —pensamos que Jesús debe actuar de cierta manera o desempeñar un papel específico en nuestra vida— que, cuando se nos presenta de un modo inesperado, no lo reconocemos. No dejes que eso te pase a ti.

Jesús entró en Jerusalén como Rey. Cumplió la profecía de Zacarías 9:9, que anunciaba la llegada del Rey de Israel montado en un pollino. Al recibir los títulos y los hosannas propios de la realeza, Jesús se presentó ante Israel como su Rey. El Rey había llegado.

Así como vino a Jerusalén como Rey, también viene a nosotros como tal, con todo lo que eso implica. Dios es Padre, Creador, Pastor, Esposo, Juez… pero no olvidemos que también es Rey, y como tal, debemos rendirle el honor que le corresponde.

Debemos tener cuidado de no escoger solo los títulos de Dios que nos resultan cómodos y desechar aquellos que nos incomodan. Cuando el Rey Jesús se presenta, no podemos decirle: “¿Podrías venir mejor como Pastor? Me siento más a gusto así”. No. A Jesús, el Rey, lo honramos y le servimos.

Recíbelo de estas tres maneras: de forma intencional, inusual y como Rey.

Haz clic aquí para leer el comentario de David sobre Mateo 21