Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú (Mateo 26:39).

Después de su última cena con los discípulos, Jesús se dirigió a un huerto llamado Getsemaní, cuyo nombre significa “prensa de aceite”. Era el lugar donde se prensaban las aceitunas para extraer su esencia. Y allí, de la misma manera, el Hijo de Dios sería “prensado”.

La victoria antes de la victoria

En Getsemaní, Jesús se sintió profundamente turbado (triste y angustiado, Mateo 26:37). En parte, por lo que sabía que le esperaba físicamente en la cruz. Pero aún más, por el horror espiritual que habría de enfrentar. Jesús ocuparía el lugar de los pecadores culpables y recibiría todo el castigo espiritual que ellos merecían. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado (2 Corintios 5:21). Esta no sería una muerte noble como la de un mártir; Jesús se convertiría en el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Ese es el contexto de su oración: si es posible, pase de mí esta copa”. El Padre jamás le negaría algo a su Hijo, porque Jesús oraba conforme a su voluntad. Y, sin embargo, Jesús bebió la copa del juicio en la cruz. Eso nos muestra que no existía otra manera de alcanzar la salvación. Ser salvos mediante la obra de Jesús en la cruz es la única vía posible. Si hubiera otra forma de ser justificados ante Dios, entonces la muerte de Jesús habría sido innecesaria.

A lo largo del Antiguo Testamento, la copa es una imagen poderosa del juicio y la ira de Dios (Salmo 75:8; Isaías 51:17; Jeremías 25:15). En la cruz, Jesús fue tratado, por decirlo así, como un enemigo de Dios: fue juzgado y obligado a beber la copa de la ira del Padre, para que nosotros no tuviéramos que hacerlo. Ese fue el origen de su agonía.

La copa no representaba simplemente la muerte, sino el juicio. Jesús no le temía a morir. Y cuando completó su obra en la cruz —al recibir, soportar y satisfacer el justo juicio de Dios sobre nuestro pecado—, entregó su vida por decisión propia (Juan 19:30).

Al decir: pero no sea como yo quiero, sino como tú”, Jesús llegó a un punto decisivo en Getsemaní. No es que no hubiera decidido antes o que no hubiese aceptado ya, pero en ese instante tomó una decisión única, definitiva. Bebió la copa en el Calvario, pero fue en Getsemaní donde decidió hacerlo.

Esa lucha en el huerto —el lugar del quebranto— ocupa un lugar esencial en el cumplimiento del plan redentor de Dios. Si Jesús hubiera fallado ahí, habría fallado en la cruz. Su victoria en Getsemaní hizo posible la victoria en el Calvario.

Si tu confianza está en Jesús, su victoria en Getsemaní y en el Calvario también es tuya. Descansa hoy en su obra consumada.

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