Entonces él se sentó y llamó a los doce, y les dijo: Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos (Marcos 9:35).
Marcos fue cuidadoso al señalar que Jesús dijo esto después de que se sentó. Ese detalle era importante, porque al sentarse les cominicaba que iba a enseñar. En aquellos días, era costumbre que un rabino, al enseñar –y especialmente cuando se trataba de algo importante– lo hiciera sentado, mientras sus oyentes permanecían de pie. Era su manera de decir: “Esto es importante”.
En ese momento (Marcos 9:34) la discusión era: “¿Quién sería el mayor?”. Este parecía ser uno de los temas preferidos entre los discípulos. Jesús pudo haberles dicho: “No lo olviden, Yo soy el más grande”. Pero no se puso a sí mismo como ejemplo; en cambio, señaló al postrero y al servidor como la verdadera medida de la grandeza.
Por supuesto, Jesús es el más grande en el reino: nadie es mayor que Él. De modo que, cuando habló del postrero y del servidor, en realidad estaba describiéndose a sí mismo y nos señala con precisión cuál es su naturaleza. Cristo era verdaderamente el primero en todo el universo, y aun así se hizo el postrero de todos, y el servidor de todos por amor a nosotros.
Con esto, Jesús desafió a sus seguidores a ser el postrero de todos. El deseo de ser reconocidos o alabados no debería tener cabida en el corazón de un discípulo. Él quiere que aceptemos ser el postrerocomo una decisión consciente, dejando que otros sean preferidos antes que nosotros, y no solo cuando las circunstancias nos obligan a ello.
Jesús también nos desafió a ser el postrero de todos. Para el mundo, la grandeza suele medirse por cuántos están a tu servicio. En la antigua China, por ejemplo, algunos hombres adinerados se dejaban crecer las uñas hasta tal punto que ya no podían usar las manos ni para las tareas más básicas; eso mostraba que no necesitaban hacer nada por sí mismos, pues siempre tenían un siervo listo para atenderlos. El mundo puede considerar esto como grandeza, pero Dios no. Jesús afirmó que la verdadera grandeza no se mide por cuántos te sirven, sino por cuántos sirves tú.
Más adelante, Jesús puso a un niño como ejemplo de la verdadera grandeza en el reino. En aquel tiempo, los niños eran considerados más como propiedad que como personas, y se esperaba de ellos que estuvieran presentes, pero en silencio. Jesús enseñó que la manera en que tratamos y recibimos a quienes son tenidos en poca estima –como a los niños– revela cómo lo recibiríamos a Él.
Y como Jesús se hizo el postrero de todos, y el servidor de todos y, en cierto sentido, semejante a un niño, cuando honramos y recibimos a uno –o a alguien que, como Él, ocupa el lugar de siervo– en realidad estamos honrando y recibiendo al mismo Jesús.
¿Quieres ser grande? La ambición no es mala en sí misma, pero la verdadera ambición es buscar cómo servir a los demás, no desear que ellos nos sirvan. Ese es el camino de Jesús, quien fue –y es– el más grande en el reino.
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