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Si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente…. antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente (Lucas 13:3, 5).
Para algunas personas, este doble llamado al arrepentimiento resulta extraño viniendo de Jesús. Este Señor de amor, que jugaba con los niños y los bendecía, que recibía a los pecadores con agrado… ¿es el mismo Jesús que nos llama a arrepentirnos?
Aquel día, algunos acusadores se acercaron a Jesús con una pregunta de carácter político. Soldados bajo el mando de Poncio Pilato, el gobernador romano de Judea, habían masacrado a varios judíos galileos que habían acudido al templo para ofrecer sacrificios. Fue un crimen atroz, y los acusadores querían que Jesús expresara su indignación contra Pilato. Para ellos, era una situación en la que no podían perder. Si Jesús criticaba a Pilato por su evidente crimen, se declaraba enemigo de Roma. Si tomaba partido por Pilato, traicionaba a su pueblo. Pero cada vez que creemos haber puesto a Dios en una situación sin salida, Él sale vencedor.
La respuesta de Jesús no tocó el tema político. Fue directo a la vida de quienes lo escuchaban. Les recordó que los que habían sufrido a manos de Pilato no eran más pecadores que los demás. En vez de quedarse en la especulación teológica, Jesús mostró que la tragedia debía servir para hacernos ver la necesidad de estar bien con Dios. El asunto dejó de ser político y se volvió personal. En el fondo, Jesús estaba diciendo: “Estos galileos murieron de forma inesperada y trágica. Pero ¿qué hay de ustedes? ¿Están preparados para una muerte así de repentina?”.
Jesús no se quedó ahí. Trajo a colación otro caso difícil: el colapso mortal de una torre. Ambos desastres eran bien conocidos en su tiempo. Uno fue un mal causado por la mano del hombre; el otro parecía un desastre natural. A veces se cree que quienes sufren tragedias así debieron de ser peores pecadores que otros, pero Jesús dejó claro que no es así. Tendemos a dividir a las personas entre “buenas” y “malas” y a pensar que Dios solo debería permitir cosas buenas a los buenos y cosas malas a los malos. Jesús corrigió esa manera de pensar.
Jesús no se detuvo en la pregunta: “¿Por qué pasó esto?”. En cambio, llevó la atención a otra más cercana: “¿Qué significa esto para mí?”. Significa que tú también podrías enfrentar el mismo destino. La muerte puede llegar en cualquier momento, y por eso el arrepentimiento debe ser una prioridad. En ambos casos, quienes murieron no pensaban que su fin estuviera cerca, pero llegó, y es razonable suponer que la mayoría no estaba preparada.
En el griego del pasaje se distingue algo importante. Jesús se refiere a dos tipos de arrepentimiento, y ambos son esenciales. En el versículo cinco (“si no os arrepentís”), el verbo apunta a un arrepentimiento de una vez y para siempre; en el versículo tres (“si no os arrepentís”), el tiempo verbal habla de un arrepentimiento continuo.
Ambos tipos de arrepentimiento son necesarios. ¿Ya diste ese paso, de una vez y para siempre, dejando el pecado y el yo para volverte a Jesús? Entonces continúa con el segundo tipo de arrepentimiento y vuelve tu corazón y tu mente hacia Él cada día.
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