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Y él, cargando su cruz, salió al lugar llamado de la Calavera, y en hebreo, Gólgota; y allí le crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio (Juan 19:17-18).

Aquel día, en el Calvario, Jesús no fue el único que murió en una cruz. También crucificaron con Él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio.

Sí, Jesús estaba en medio. Literalmente era así: de las tres cruces, la suya estaba en el centro. Pero esa escena también nos deja ver una verdad más profunda. Jesús estuvo en medio en más de un sentido.

Jesús en el centro

Jesús estuvo en medio de la humanidad. Desde su encarnación y durante toda su vida vivió como uno de nosotros. Murió entre hombres y mujeres, entre judíos y gentiles, entre ricos y pobres, entre personas de la alta sociedad y personas humildes, entre instruidos y sin instrucción, entre religiosos y seculares, entre culpables e inocentes, entre quienes lloraban y quienes se burlaban, entre quienes fueron profundamente conmovidos y quienes permanecieron indiferentes, entre quienes lo odiaban y quienes lo amaban.

Jesús estuvo en medio de los pecadores. Sus enemigos pensaban que eso haría aún más doloroso todo lo que estaba sufriendo. Creían que para el Salvador sería una humillación morir junto a esa clase de personas. Aun en su muerte, mientras los religiosos que se creían justos se burlaban de él y sus discípulos lo abandonaban, Jesús permaneció en medio de los pecadores hasta el final.

Jesús estuvo en medio de la confusión. Mateo 27:46-49 nos cuenta que, cuando Jesús clamó a su Padre en su agonía, quienes estaban a su alrededor no entendieron lo que estaba pasando. A algunos incluso les pareció motivo de burla.

Jesús estuvo entre quienes creían y quienes lo rechazaban. Mateo 27:44 nos dice que ambos ladrones se burlaron de él, pero Lucas 23:39-41 nos muestra que uno de ellos cambió. Antes de morir, quien dio el último testimonio verdadero acerca de Jesús fue un criminal que creyó en él en el último momento.

Jesús estuvo entre quienes serían salvos y quienes se perderían. Antes de morir, el último a quien Jesús llevó a la salvación fue el ladrón en la cruz. No fue por medio de un sermón, sino por todos los sermones que ya había predicado y por cada una de las obras justas que ya había hecho. Quizá ese fue el único consuelo que tuvo Jesús en la cruz. Al final, uno de los ladrones fue salvo y el otro se perdió. Jesús estuvo en medio de ambos. Para pasar de la perdición a la salvación, hay que pasar por Jesús.

Jesús estuvo entre Dios y el hombre. En la cruz recibió el castigo que nuestros pecados merecían. Allí fue tanto el sacerdote como la ofrenda.

Toda la historia y la obra de Dios tienen a Jesús en el centro. No debemos mirar a Jesús con lástima, como si hubiera que compadecer al pobre Jesús. En la cruz, Jesús obtuvo la victoria. Fue la victoria más grande de toda la historia.

En aquel día tan especial, Jesucristo estuvo en el centro. ¿Está Él en el centro de tu vida?

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