Dijo Jesús a sus discípulos: Imposible es que no vengan tropiezos; mas ¡ay de aquel por quien vienen! (Lucas 17:1)

Al final del capítulo anterior, Jesús contó la historia de Lázaro y el hombre rico. Una de las lecciones centrales de ese relato es que la eternidad es real y que nadie del más allá volverá para ayudarnos. A la luz de esto, debemos comprender cuán importante es tratar correctamente a los demás. El hombre rico trató de manera terrible a Lázaro (Lucas 16:19–22) y sufrió por esa ofensa por toda la eternidad.

Skandalon

Con esto en mente, Jesús habló con sus discípulos acerca de los tropiezos. En este contexto, es razonable entender que Jesús se refería a ofensas reales: maneras en las que las personas se dañan verdaderamente unas a otras, no a las formas superficiales en que hoy algunos dicen sentirse ofendidos. Se trata de un daño auténtico contra otra persona.

La palabra del Nuevo Testamento que se usa para “tropiezos” es skandalon. Proviene de un término que describe un palo doblado: el que activa una trampa o sostiene el cebo. También se usaba para referirse a una piedra de tropiezo, algo con lo que una persona puede caer.

En la Biblia, a veces un skandalon es algo bueno que se recibe mal, como cuando las personas “tropiezan” con Jesús y se ofenden por el evangelio (Romanos 9:33; 1 Corintios 1:23; Gálatas 5:11).

Pero entre hermanos y hermanas en Jesús, un skandalon es algo malo. Puede manifestarse como un mal consejo (Mateo 16:23) o como llevar a un hermano a pecar por el uso irresponsable de la propia “libertad” (Romanos 14:13). También la división y la falsa enseñanza introducen un skandalon entre el pueblo de Dios (Romanos 16:17).

Al tratar el tema de los tropiezos con seriedad —y no de manera superficial—, Jesús dijo que es imposibleque no ocurran. Es inevitable que las personas se hieran, se ofendan y se dañen unas a otras; siempre ha sido así. Sin embargo, cuando alguien daña genuinamente a otro, a Dios le importa y pedirá cuentas.

Cuando Jesús dijo: “¡Ay de aquel por quien vienen!  estaba diciendo, en esencia: “La gente va a morder el anzuelo, pero ¡ay de ti si tú pones el gancho! La gente va a tropezar, pero ¡ay de ti si colocas el obstáculo en su camino”.1 de Juan 2:10 nos muestra la solución para no convertirnos en un skandalon para otros: el amor. “El que ama a su hermano, permanece en la luz, y en él no hay tropiezo”. Si amamos a nuestro hermano, no introduciremos una ofensa en su vida.

Esta es una lección que la iglesia aprendió de la manera más dolorosa en siglos pasados, cuando muchos cristianos pensaron que era su deber “ayudar” a Dios y maldecir al pueblo judío por rechazar al Mesías. Creo que esa maldición terminó volviéndose contra la iglesia de una manera aún más grave.

Aquí hay una pauta clara: si alguien parece estar bajo el juicio o la disciplina de Dios, deja que Dios se encargue. Hazte a un lado. Dios no necesita instrumentos de su juicio, sino instrumentos de su amor.

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