Y hubo algunos que se enojaron dentro de sí, y dijeron: ¿Para qué se ha hecho este desperdicio de perfume? Porque podía haberse vendido por más de trescientos denarios, y haberse dado a los pobres. Y murmuraban contra ella (Marcos 14:4-5).

Unos días antes de que Jesús fuera crucificado, cenaba en Betania. En medio de la comida, una mujer se acercó con un frasco de alabastro, precioso y costoso, lo rompió y derramó el perfume sobre la cabeza de Jesús.

Un completo desperdicio

Cuando esto sucedió, algunos se enojaron. El evangelio de Juan (12:1-8) nos dice que, en particular, Judas fue quien se quejó por el gasto, aunque su indignación era totalmente egoísta. Juan 12:6 nos aclara: “Pero dijo esto, no porque se cuidara de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella”.

Quizás Judas haya iniciado la crítica, pero pronto otros se le unieron, pues Marcos señala que murmuraban contra ella. Todos miraban aquel perfume derramado sobre la cabeza de Jesús y lo consideraban un desperdicio. Es fácil criticar a quienes muestran más amor por Jesús que nosotros; de hecho, solemos llamar fanático a quien está más entregado a Él que uno. En medio de esas miradas y comentarios, María seguramente empezó a preguntarse si había hecho algo malo.

En su reclamo, Judas mencionó que el perfume valía más de trescientos denarios, el salario de todo un año de un obrero. Y en cierto modo debemos agradecerle su comentario mordaz: si no lo hubiera dicho, nunca sabríamos el valor del regalo que la mujer le dio a Jesús. Ahora lo sabemos: aquel frasco de alabastro lleno de perfume valía una fortuna.

Los discípulos pensaban que esa unción extravagante era un desperdicio, pero Jesús los detuvo con un “déjenla en paz” y recibió el acto como una buena obra (Marcos 14:6). Con su sencillo amor y devoción, María entendió lo que los discípulos no: que Jesús estaba a punto de morir, y ofreció ese regalo como preparación para su sepultura (Marcos 14:8).

Entonces Jesús le dio a esta mujer un elogio notable: dijo que ella había hecho lo que podía (Marcos 14:8). Dios no espera más de nosotros que aquello que está a nuestro alcance; pero tengamos cuidado de no poner la mira tan bajo que terminemos pensando que hacer nada es “hacer lo que se puede”.

Los discípulos, y en especial Judas, criticaron a la mujer diciendo que había desperdiciado el perfume, pero no lo desperdició en absoluto. Ella hizo lo mejor que alguien puede hacer: lo entregó a Jesús. Curiosamente, la misma palabra traducida como “desperdiciado” en Marcos 14:4 aparece como “perdición” en Juan 17:12, para describir a Judas como el hijo de perdición.

Lo que la mujer dio no fue, en lo más mínimo, un desperdicio. En cambio, Judas —ese crítico que se creía superior— sí terminó siendo un completo desperdicio.

No permitas que tu vida también lo sea: entrégala a Jesús cada día.

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