Pero mirad por vosotros mismos; porque os entregarán a los concilios, y en las sinagogas os azotarán; y delante de gobernadores y de reyes os llevarán por causa de mí, para testimonio a ellos. Y es necesario que el evangelio sea predicado antes a todas las naciones (Marcos 13:9-10).

Este pasaje forma parte de lo que los cristianos, desde hace mucho tiempo, llaman el Discurso del Monte de los Olivos, porque fue una enseñanza que Jesús dio a sus discípulos en ese monte, desde donde se contemplaba Jerusalén y el templo.

Uno de los propósitos de Jesús en este discurso fue preparar a sus discípulos para soportar la persecución. Los que lo escucharon pronunciar estas palabras serían perseguidos, y solo uno de ellos moriría de manera natural.

Perseguidos por causa de Él

Por eso Jesús les dijo —y también a todos sus futuros discípulos—: “Pero mirad por vosotros mismos; porque os entregarán a los concilios”. Les advirtió que debían estar preparados para la persecución que enfrentarían antes del fin. Esta no sería la señal del fin, sino parte de lo que debían anticipar. Podían esperar oposición tanto de parte de lo religioso (“en las sinagogas os azotarán”) como de parte de las autoridades (“gobernadores y de reyes”). En medio de esas pruebas, el creyente no debía desalentarse, pues su sufrimiento sería por causa de Jesús y serviría de testimonio para sus perseguidores.

Para quienes vivimos en el mundo occidental, es fácil subestimar lo duro que puede ser un tiempo de persecución. Aunque pocos cristianos en Occidente enfrentan persecución real, en otras partes del mundo estas pruebas son constantes:

– Si viniera de una familia judía ortodoxa, podrían considerarme blasfemo y darme por muerto por elegir a Jesús.
– Si viniera de una familia musulmana estricta, podría ser rechazado por los míos e incluso asesinado por elegir a Jesús.
– Si viniera de una familia hindú en India, podría ser rechazado y martirizado por elegir a Jesús.
– En China, tal vez solo me permitirían practicar el cristianismo en la iglesia autorizada por el Estado. Mi iglesia podría ser una de las miles destruidas desde el año 2000.
– En Nigeria, podría morir o quedar mutilado en los atentados y ataques comunes en Navidad y en Semana Santa.

Para los cristianos en Occidente, es fácil llegar a idealizar la persecución. Es cierto que Dios hace milagros en medio de su pueblo en esos tiempos, pero para los creyentes son pruebas extremadamente duras y estresantes. Los que la padecen en carne propia necesitan confiar en Dios para resistir, y también aquellos que viven bajo la continua amenaza de ser perseguidos. Esa es una carga muy grande, mayor de lo que muchos imaginan.

Aunque los tiempos de persecución son duros, Dios actúa en medio de ellos. Recuerdo el testimonio de un pastor que conocí en Erbil, Irak. Contaba que Dios se movía con tanto poder entre ellos que, a pesar de las dificultades, habían dejado de pedir que quitara la persecución. Ahora su oración era que el Señor hiciera grandes cosas por su causa y como un testimonio perdurable.

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