Entonces respondiendo Jesús, les dijo: ¿No erráis por esto, porque ignoráis las Escrituras, y el poder de Dios? Porque cuando resuciten de los muertos, ni se casarán ni se darán en casamiento, sino serán como los ángeles que están en los cielos (Marcos 12:24-25).
El martes antes de ir a la cruz, Jesús debatió con las autoridades religiosas en el monte del templo en Jerusalén. Uno de los grupos que lo desafiaron fueron los saduceos, quienes intentaron atraparlo con una pregunta complicada, diseñada para que la verdad de la resurrección pareciera ridícula y, por lo tanto, falsa.
Jesús les señaló que habían errado dos veces: ignoraban las Escrituras y no conocían el poder de Dios. Y al no conocer la Palabra de Dios, ni confiar en el poder de Dios, pusieron en duda la promesa de una vida después de esta: la resurrección.
Los saduceos pensaban que, si había resurrección, sería simplemente esta misma vida prolongada para siempre. Con la enseñanza de que “cuando resuciten de los muertos, ni se casarán ni se darán en casamiento”, Jesús mostró que en la era venidera la vida seguirá un principio completamente distinto, en una dimensión que no podemos imaginar.
Muchas personas cometen el mismo error que los saduceos al pensar en el cielo: creen que es solo una versión más extensa y mejorada de la tierra. Algunos pueblos nativos de América lo imaginaban como un lugar de abundante cacería. Los vikingos lo concebían como el Valhalla, donde luchaban como guerreros durante el día y, al caer la noche, los muertos y heridos se levantaban sanos y enteros para celebrar en un banquete, bebiendo vino en los cráneos de sus enemigos. Estas visiones confunden el cielo con una tierra mejorada; la vida en el cielo es de un orden completamente diferente.
En el cielo, el pueblo de Dios “ni se casarán ni se darán en casamiento, sino serán como los ángeles que están en los cielos”. Por eso, no podemos tomar nuestras relaciones actuales y suponer que serán iguales allá. En la tierra, las relaciones humanas dependen en gran medida del tiempo y del lugar: un hombre puede ser hijo, después adulto, más tarde esposo, luego padre, y así sucesivamente. En el cielo, todo eso cambiará.
Por lo que sabemos, los ángeles no tienen hijos. En ese aspecto, seremos como ellos. Sabemos que no será igual a lo que conocemos en la tierra, pero tampoco podemos decir con certeza cómo será en el cielo, salvo una cosa: no nos sentiremos defraudados.
Saber que la resurrección de los muertos es real no resuelve todas nuestras preguntas. Siguen existiendo misterios, pero esos misterios no eliminan la verdad fundamental de la resurrección.
No cometamos los mismos dos errores de los saduceos. Cuando no conocemos las Escrituras, carecemos de un ancla para la verdad y la fe. Cuando no conocemos el poder de Dios, dudamos de su capacidad para cumplir lo que ha prometido en su Palabra.
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