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Le dijo uno de la multitud: Maestro, di a mi hermano que parta conmigo la herencia. Mas él le dijo: Hombre, ¿quién me ha puesto sobre vosotros como juez o partidor? Y les dijo: Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee (Lucas 12:13-15).
Jesús acababa de enseñar cuánto valor tenemos para Dios (Lucas 12:6–7) y la importancia de confesarlo sin temor delante de los demás (Lucas 12:8–12). En medio de esa enseñanza, un hombre lo interrumpió para pedirle que interviniera en una disputa por una herencia. Le dijo a Jesús: “Di a mi hermano que parta conmigo la herencia”.
Según la costumbre de entonces, al hermano mayor le tocaban dos terceras partes de la herencia y al menor, una. Aun así, este hombre no buscaba que Jesús actuara como un juez imparcial; lo que quería era que apoyara su postura frente a su hermano (di a mi hermano que parta conmigo la herencia).
Está claro que lo que Jesús venía enseñando sobre confiar en Dios y entregarle el corazón no había llegado a tocar a este hombre. Él sentía que tenía que pelear por lo que creía que le correspondía, y quería que Jesús se pusiera de su lado.
Fue entonces cuando Jesús dio una respuesta que a muchos les sorprende. En este caso, el Juez de toda la tierra (Juan 5:22) dijo: “¿quién me ha puesto sobre vosotros como juez o partidor?”. Jesús no asumió que fuera su tarea meterse en todo conflicto ni resolver cada problema. Hubo disputas en las que decidió no involucrarse.
No es que a Jesús no le importara la justicia; lo que sabía era que la avaricia de este hombre podía hacerle más daño que el hecho de no recibir su parte de la herencia. Hay veces en que se pelea con todas las fuerzas por lo que se considera justo, y al final, tenerlo termina siendo más perjudicial que haberlo soltado y dejar a Dios encargarse de la situación.
Jesús aprovechó la petición de este hombre para hablarle a él y a la multitud sobre el peligro de la avaricia. Tal vez su insistente solicitud estaba motivada más por la codicia que por un verdadero deseo de justicia. Dos hombres codiciosos que intentan dividir una herencia siempre terminarán peleando. Dos hombres libres de la avaricia, en cambio, podrían resolver estos asuntos en paz y sin dificultad.
La avaricia es una necedad, porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee. Cuando se vive con la idea de que la vida sí se mide por lo que se tiene, se vive en avaricia, y la avaricia es idolatría (Colosenses 3:5).
En estos versículos hay dos advertencias muy claras. La primera: no usar una supuesta preocupación por la justicia para encubrir una agenda egoísta —Jesús no participa de ese tipo de “justicia”. La segunda: recordar que la clave de una vida abundante y gozosa no se encuentra en tener más cosas; se encuentra en Jesús y en las mayores bendiciones que Él da.
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