Y tomó Jesús aquellos panes, y habiendo dado gracias, los repartió entre los discípulos, y los discípulos entre los que estaban recostados; asimismo de los peces, cuanto querían. (Juan 6:11)
En el momento más intenso de su ministerio en Galilea, Jesús enseñaba a grandes multitudes que venían a escuchar su enseñanza, única como ninguna otra. En esta ocasión, en Juan 6, Jesús vio a la gran multitud y decidió hacer algo para dar de comer a todas esas personas.
Si tuvieras que preparar comida para miles de personas, ¿por dónde empezarías? Jesús empezó haciéndoles una pregunta a sus discípulos. Claro, Él ya sabía lo que iba a hacer; no necesitaba sugerencias para resolver un problema que podía solucionar por sí mismo. Parte de esta prueba era una invitación para que los discípulos participaran en su obra. Aunque Jesús ya tiene todo claro y planeado, aun así quiere que su pueblo participe en lo que Él hace. ¿No te alegra eso?
Los discípulos (en particular Felipe) entendieron el problema: ¿de dónde iban a sacar suficiente pan para alimentar a tantos? El problema tenía al menos dos aspectos. Primero, no tenían los recursos para alimentar a la multitud (ni el pan ni el dinero para comprarlo). Segundo, aun si hubieran tenido el dinero, habría sido imposible encontrar suficiente pan para todos.
Felipe no pensó en lo que Dios podía hacer; pensó en el dinero y en cuánto costaría hacer lo que Dios les pedía, aunque fuera de manera limitada. Calculó que harían falta más de seis meses de salario para darles siquiera un poco a cada uno. Sus cuentas eran correctas, pero no ayudaban a resolver el problema. Muchas veces llenamos la cabeza de datos que no ayudan en nada a ver la obra de Dios entre nosotros.
Encontraron cinco panes de cebada. La cebada siempre se ha visto como un alimento sencillo, más para animales que para personas. Cinco panes de cebada no eran gran cosa, pero Dios no necesita mucho. Lo poco se vuelve mucho cuando está en las manos de Jesús. Aun así, Jesús esperó a que le llevaran algo para ponerlo en sus manos. Dios no necesita ayuda, pero muchas veces limita su obra hasta que participamos.
El milagro vino de las manos de Jesús. El pan viene del grano, que tiene la capacidad de multiplicarse y reproducirse. Pero cuando el grano se convierte en harina para hacer pan, tiene que ser triturado, como si “muriera”. El grano puede multiplicarse cuando se siembra, pero no cuando se tritura. Nadie ha multiplicado el trigo sembrando harina. Lo asombroso de Jesús es que puede dar vida —e incluso multiplicarla— desde la muerte.
Piensa en lo que Jesús puede hacer con lo que pongas hoy en sus manos. Aunque sea algo tan sencillo como unos pocos panes de cebada, Jesús puede hacer grandes cosas con ello.



