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Pero Jesús, sabiendo todas las cosas que le habían de sobrevenir, se adelantó y les dijo: ¿A quién buscáis? Le respondieron: A Jesús nazareno. Jesús les dijo: Yo soy. Y estaba también con ellos Judas, el que le entregaba. Cuando les dijo: Yo soy, retrocedieron, y cayeron a tierra (Juan 18:4-6).

Cuando los soldados llegaron al huerto de Getsemaní para arrestar a Jesús, nuestro Salvador no se sorprendió. Él sabía perfectamente las cosas que le habían de sobrevenir. Judas esperaba tomarlo desprevenido, pero eso era imposible. Toda la vida de Jesús lo había conducido a ese momento y Él estaba listo para enfrentarlo.

La batalla en el huerto

Jesús les preguntó: “¿A quién buscáis?”. Lo hizo por al menos dos razones. Quería que cualquier acto de violencia se dirigiera contra Él y no contra sus discípulos, así que se identificó claramente. También quería que Judas y el destacamento de soldados manifestaran abiertamente sus malas intenciones.

Cuando dijeron que buscaban a Jesús nazareno, Jesús simplemente respondió: “Yo soy”. No se identificó simplemente como Jesús de Nazaret; al decir “Yo soy”, estaba declarando claramente que Él era Dios. Sus palabras hacen eco de las muchas declaraciones “Yo soy” registradas en el Evangelio de Juan, especialmente en Juan 8:58 (pero también en Juan 6:48; 8:12; 9:5; 10:9; 10:11-14; 10:36; 11:25 y 14:6).

Cuando Jesús declaró su divinidad al decir: “Yo soy”, Judas y todos los soldados cayeron a tierra. Hubo tal demostración de la presencia, la majestad y el poder de Dios en esas dos palabras, que los enemigos de Jesús fueron incapaces de hacerle frente.

Esto demuestra que Jesús tenía el control absoluto de la situación. Jesús no estaba obligado a irse con la tropa que había llegado con Judas para arrestarlo. Con una sola palabra, podía manifestar el poder de Dios, vencerlos fácilmente y escapar.

Aquí vemos a Jesús: lleno de poder divino y, aun así, dispuesto a entregarse para ser arrestado. A lo largo de toda su vida, Jesús mostró tanto una profunda humildad como su majestad divina.

– Jesús nació como un humilde bebé, pero los ángeles anunciaron su nacimiento.
– Jesús fue acostado en un pesebre, pero una estrella anunció su llegada.
– Jesús se sometió al bautismo como si fuera un pecador, pero luego escuchó la voz del Padre expresando su aprobación.
– Jesús durmió porque estaba agotado, pero despertó para calmar la tormenta.
– Jesús lloró junto a una tumba, pero luego llamó a los muertos a la vida.
– Jesús se entregó para ser arrestado, pero luego declaró: “Yo soy” e hizo caer a todos los soldados.
– Jesús murió en una cruz, pero allí derrotó al pecado, la muerte y Satanás.

En aquel huerto, el Hombre sin pecado estaba a punto de enfrentarse a Satanás, representado por Judas (Lucas 22:3). La primera vez que esto sucedió, el hombre sin pecado fracasó (Génesis 3). Jesucristo, el segundo Adán, no fracasaría.

Jesús ganó la batalla en el huerto.

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